Todo pasa, todo cambia, todo fluye

Por: Jessica Campos

En ese orden. Y a la inversa también.

Quién me conoce bien, sabe que si algo no es de mi agrado es el: clima lluvioso. No es la ráfaga de viento que se levanta como anuncio de una lluvia cercana, ni las luces de los relámpagos que antesala un gran estruendo, ni ver el cielo tornar oscuro y gris. Es cuando la nube apenitas tapa el sol. Allí, justo allí.

Quien comparte este sentimiento, tal vez esté de acuerdo conmigo. Quién no, dirá que simplemente exagero (como todos mis amigos).

Hay cierta relación entre temerle a la lluvia y la imaginación. Sí, la imaginación, porque en cuanto la lluvia da su inicio, ya tenemos una película completa de cómo finalizará este episodio. Bueno digo tenemos, por si alguien se unió conmigo en el párrafo 2.

Hablemos de coincidencias. Ciertamente he repetido en posts anteriores que no existen. Pero digamos por esta vez que por alguna razón escogí leer un libro justo cuando este tipo de clima ha sido tan repetitivo estos días. Les aseguro, no se encuentra calma entre leerlo y ver por la ventana cómo la lluvia hace su anuncio de llegada. García Márquez es un autor que con sólo un par de palabras nos permite hacer imagen de la historia que narra. Es por esto que les aconsejo, entre muchos de sus textos, permítanse leer el Relato de un Náufrago, sólo cuando el verano esté en su máximo esplendor.

He aquí por qué les hablo de imaginación. Muchas veces hacemos uso de ella ante situaciones que calificamos como no deseadas. Esas que están fuera de los parámetros que consideramos normal, y que al fin y al cabo son sólo situaciones. Apenas surgen, nos basta con dar click en “ON” a la imaginación de tal manera como si estuviéramos participando en un concurso de Genios en Creatividad. En ciertos casos, aún no han ocurrido en su totalidad cuando ya tenemos imaginado un panorama completo de lo que ocurrirá. Eso, i-m-a-g-i-n-a-d-o.

En el post anterior indicaba que la vida nos invita a vivirla con suavidad. Sí, con suavidad y con un tanto de realidad. Por ello es que nuestro deber ante toda situación es simplemente aceptar todo tal como viene, sin más ni menos. En su empaque original. Vivirlo en el momento, en el ahora, y dejando sólo en nuestras manos la única acción: confiar.

A muchos nos/les resultará difícil (no sé si a este punto alguien sí me acompaña), pero con un poco de práctica basta para hacernos maestros. Dejemos a un lado esa imaginación que resta visión a lo que tenemos en frente. Y si lo que se presenta tiene un sabor des-agradable, nuestra mejor opción es aferrarnos a un Después de la tempestad llega la calma, porque créanme que sí llega.

Recordemos, todos los días traen un aprendizaje. Antes de colocarle una etiqueta negativa a una situación, en silencio observemos, aceptemos y confiemos. Estos tres simples pasos nos permitirán entender los siguientes tres: Todo fluye, todo cambia, todo pasa.

Les dije que a la inversa también servía.

Respira y vive

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